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Inteligencia y libre albedrío en las computadoras

 

El problema del libre albedrío se ha mantenido como uno de los más grandes rompecabezas en la historia de la humanidad. Científicos, teólogos, abogados y un largo etcétera de pensadores en diversas disciplinas estarían interesados en zanjar de una vez y para siempre el problema de decidir si actuamos de acuerdo a nuestra voluntad o si actuamos de acuerdo a un plan universal en donde todo está predeterminado. De ser cierto que todo está predeterminado, no habría culpables, ni héroes, ni valor social alguno porque nuestras acciones no nos corresponden. El problema de fondo es saber si la voluntad existe.

Redacción


Es fácil ver que si tengo sed puedo tomar un vaso de agua, o si tengo comezón me puedo rascar. Eso aparentemente corresponde a la voluntad, puedo decidir si me rasco o no; pero también es fácil encadenar los sucesos en reversa y ver que si ahora tengo sed es por una serie de eventos previos, de aparentes decisiones previas hasta llegar a una causa inicial.

De acuerdo, a la física newtoniana, si conocemos las condiciones iniciales de un sistema (en este caso, todo el Universo) entonces es posible predecir lo que sucederá en cualquier tiempo futuro. Es una realidad que no estaríamos nunca en condiciones de conocer las condiciones iniciales de todas las partículas del universo, pero, aun sin conocerlas, es posible inferir que de acuerdo a los principios newtonianos toda acción está determinada y por lo tanto no existe el libre albedrío.

La mecánica cuántica, con el principio de incertidumbre de Heisenberg y las ecuaciones de onda de Schrödinger, aparentemente nos libró del problema del determinismo al establecer un universo inherentemente probabilístico. Esto tampoco zanja en definitiva el problema, apuntado por Roger Penrose. La incertidumbre y la probabilidad son tan esclavizantes como el determinismo. Si todo es azar, entonces, tampoco podemos tomar decisiones. La característica fundamental de la voluntad es la ausencia de azar, como afirmaba Karl Popper.

El problema del libre albedrío interesó en su juventud a uno de los más grandes pensadores del siglo pasado: Alan M. Turing, quien puede ser considerado el padre de las ciencias computacionales en más de un sentido. Hay dos contribuciones centrales de Turing. La primera es la prueba de que existen tareas que ninguna computadora, por poderosa que sea, puede realizar. Una consecuencia de este teorema es que no se puede garantizar que un sistema sea seguro a ataques cibernéticos, otra es que no es posible probar que un programa de computadora está libre de fallas. La segunda contribución central de Turing es una prueba de inteligencia. Con la llamada “prueba de Turing” es posible saber si estoy conversando con una computadora o con un humano.

Las computadoras, por otro lado, han conquistado progresivamente las tareas que se pensaba, estaban reservadas para los seres inteligentes. Desde las primeras tareas totalmente mecánicas de calcular trayectorias, resolver ecuaciones y predecir el resultado de sistemas complejos hasta tareas puramente intelectuales como jugar al Ajedrez o al Go. Para todas estas tareas era necesario un diseñador del programa, un programador, alguien con los conocimientos necesarios de computación y de la tarea específica a resolver. La computadora Deep Blue, que venció por primera vez y de forma incontrovertible a un campeón mundial en el ajedrez, fue diseñada por expertos en ajedrez y en programación. El primer algoritmo, Alpha Go, que pudo ganarle claramente a un campeón mundial fue diseñado por expertos en computación.

Alpha Go fue vencido por otro algoritmo, el Alpha Zero. Lo interesante es que este último no tiene ningún diseñador. El sistema se enseñó a sí mismo jugando infinidad de partidas. Este es un punto de quiebre en el diseño de sistemas inteligentes. El mismo Alpha Zero, con cuatro horas de práctica, partiendo de sólo saber las reglas del ajedrez, pudo vencer al mejor programa de cómputo diseñado por expertos.

Avances similares han sido vertiginosos en el reconocimiento de imágenes, rostros, patrones de compra de tarjeta de crédito, preferencias políticas o religiosas. Prácticamente, es susceptible de automatización cualquier tarea en donde se tengan reglas fijas o datos etiquetados.

Estos avances han llevado a los filósofos y científicos sociales a preguntarse si en algún punto seremos avasallados por el avance en los algoritmos computacionales de autoaprendizaje. Y por ello, la pregunta de si el libre albedrío existe es más relevante que nunca. Ya no es un problema puramente filosófico y cuya respuesta nos puede satisfacer o no. Imaginar un escenario donde hay un algoritmo que sintetiza el libre albedrío es el argumento de muchas obras de ficción, de terror.

La tecnología está manejando un cambio social global pero, como apunta Moshe Vardi, de la Universidad de Rice, no sabemos quién está detrás del volante.


Fuente:

  • Crónica: http://www.cronica.com.mx/notas/2018/1104070.html

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Última actualización del sitio 12 de febrero del 2019